Entre monos y monjes, vaya memoria.


Aquí, en la casita de retiro, casi no tengo cobertura. Como necesitaba pedirle a mis amigos que me fueran a comprar bicarbonato y un filtro para el agua, decidí salir al bosquecillo de arriba en busca de señal. Ahí me encontráis cuando, peleando con el teléfono y la tarjeta de memoria, aparecen
♫♬ (tatatacháaan)
aparecen tres monos machos, jefes de la manada que vive en estos bosques. 

Usan el jardincito de mi casa como parque infantil para los monos mocosos y sus madres, así que los conozco bien. Desde las rejas de mi ventana se ve el mundo al revés: los monos libres, fuera, jugando y saltándose todas las normas del mundo sin problema y yo encerrada sin que me hagan el menor caso. El año pasado hacía postraciones en el jardín y nos ignorábamos mutuamente. 

Nunca les he tenido miedo -respeto sí- pero ayer me cogió un miedo de esos que se te quedan presos en el pecho y no te dejan pensar, así que metí todos los trozos de teléfono en el bolsillo, me colgué el mala al cuello y bajé a buscar un palo para defenderme. Debe de ser que, el mes pasado, comiendo en una terraza sobre el Ganges en Benarés, me afectó el enfrentamiento que tuve con un mono que vino a comer las sobras que teníamos en la mesa. Esa vez me enfadé, nos bufamos los dos y el mono decidió marcharse. Pero yo me quedé temblenqueante y nerviosa. Dicen que no hay que mirarlos a la cara, que lo consideran como una agresión. Las miradas que nos echamos el mono Benaresí y yo fueron bastante profundas.

Ayer me afectó ver a los monos, y, en cuanto conseguí el palo y me alejé un poco, me di cuenta de que, con los nervios, se me había caído la tarjeta de memoria del bolsillo. Los monos campaban por la zona donde yo había estado y parecía que se habían apropiado del territorio para siempre jamás. Esperé. Y esperé. Luego me decidí a dar un rodeo por la ladera inferior de la colina, salté el muro de protección del retiro y llegué a mi casa, nerviosa y sin memoria.

Me relajé un poco, me cambié de zapatos y volví, agarrada a mi palo, a la búsqueda de mi tarjeta. Esta vez aparecieron tres monjes, a los que convencí de que me ayudaran a buscar la tarjeta. Fue curioso ver que simplemente se acercaron caminando lentamente y los monos se fueron a campar a otra parte. Y yo tan preocupada. Buscamos, y buscamos. Nada. Los despedí, ya me daba vergüenza que siguieran buscando. Y allí me quedé yo mirando para el suelo y pensando en las posibilidades que tenía de encontrar la tarjeta. 

Cuando era pequeña, jugaba con mi amiga a "encontrar". Y el caso es que como nos lo propusiéramos, encontrábamos. Lo que fuera, dinero, carambolas o bolinches. Yo soy experta en encontrar imperdibles. Tanto que siempre llevo uno de los que me he encontrado en los entresijos de los jerseys. Hay que enfocarse en lo que quieres encontrar, el color, la forma, y luego, dejar la mente abierta para que vaya sola. Lo importante es dejar la mente abierta. ¿Y cómo se deja la mente abierta?. Mente abierta, mente abierta, mente abierta.

Y aparecieron dos minimonjes, o minimonkies, todos sucios y llenos de heridas de arriba abajo. Y repetí la operación. "Help, help". "Plastic card". "Chotta, chotta", que es pequeño en hindi. Me miraron y se alejaron un poco a observarme. En un rato se fueron acercando y uno de ellos me acompañó en mi rastreo del bosque. Nada. El otro esperaba encima de una piedra. Finalmente conseguí que sonriera. "Pé calé capo duu", que es muy difícil en Tibetano. Pasaban los minutos y nada que hacer, revolviendo el suelo no conseguíamos más que disminuir las posibilidades de que apareciera. Finalmente, y después de mucho pensar el minimonkie que me ayudaba me dijo "I am going". -Okay, okay, go, go go. 

Y allí me quedé, repitiendo mi mantra, mente abierta, mente abierta, mente abierta. Sé por experiencia, que las cosas aparecen justo en el momento en el que dejas de buscarlas. Esta vez intentaba dejar de buscar para que apareciera, pero seguía siendo algo así como una trampa. Una trampa que yo sabía que no podría funcionar. Y me preguntaba porqué, si no aparecía la tarjeta, no podría escribir la historieta en el blog. Vaya fastidio. ¿Porqué las historietas han de tener un final?¿Porqué al final siempre ha de pasar algo?¿Porqué no podemos dejar la historia abierta como en las películas, que no se sabe si se casan o no se ven nunca más? Pues porque no funciona. No hay nada que explicar entonces. ¿Y todo este tiempo?¿Tiempo perdido? La frustración y la incapacidad de soltar me corroían. 

Finalmente estaba cansada, y vacía, y sin memoria. Lo más fácil, rendirse y dejarse ir. Sentarse en la piedra que usaron los monos, descansar un rato y mandar un sms para que me compren una tarjeta nueva. Y ahí entonces, y ahora sí, sin testigos y sin trampas, tumbada y reposando enfrente de mi, saltan las letras a mi vista: S A M S U N G. Vaya tontería. Samsung. Que ni se me había ocurrido pensarlo. Samsung era mi viejo teléfono, ese que se cayó lavabo abajo y que luego reparé y revendí. Lava es el nuevo. Y de pronto el pasado vino hacia mi. La minimemoria del pasado tumbada enfrente de mi y riéndose sarcásticamente: 
-Aquí estoy, ahora ya puedes escribir tu historieta.

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